Innovación en Capital Humano: ¿Dónde está?

Llevamos casi dos décadas hablando de Chile como un país en vías de desarrollo y supuestamente cada vez más cerca de alcanzar los estándares de los países referentes en el denominado “primer mundo”. Mucho se ha avanzado en infraestructura, ingreso per cápita, aunque la distribución del ingreso, la calidad de las prestaciones de educación, salud y vivienda aún nos dejan mirando a la distancia el discurso del desarrollo que se aleja tal como el horizonte.

Hablemos de Innovación en capital humano. También se ha abordado largamente la problemática de la educación, como un motor que impulsa el desarrollo de las sociedades, su capacidad de lograr innovación y sumar valor a procesos, servicios y productos en las más diversas áreas de la economía y la vida de las personas. Los sucesivos gobiernos han tratado de encontrar fórmulas que permitan dar pasos reales en dicha dirección, pero las próximas elecciones han llevado a que se borre con el codo lo escrito con tanta vehemencia, lo que sin duda no nos ha llevado todo lo lejos que quisiéramos, ni mucho menos todo lo cerca que necesitamos estar de estas grandes metas.

Se han planteado incentivos tributarios a la innovación y el desarrollo, que se han visto limitados por la escueta propuesta públicos y privados de hacer las cosas de una manera diferente, y por la falta de preparación de los técnicos y profesionales locales. SENCE ha tenido como lógica el poder promover la formación permanente de los trabajadores, en diversos ámbitos que permitan sumar valor a la cadena productiva, pero bajo una lógica de incentivos donde es más importante descontar el impuesto que aprender de verdad, y la formación es dejada en manos de entidades sin capacidades y que deben competir por el mejor precio a cambio de la mayor cobertura, donde la calidad es un factor ausente en la ecuación. Este axioma incompleto claramente ha hecho que no cumpla el fin para el que supuestamente fue creado.

Si a toda esta discusión sumamos la opción planteada desde el Ministerio de Educación, sobre un impuesto especial para los profesionales, para recaudar fondos para un sistema de educación gratuito, entonces cabe pensar dónde han quedado los incentivos para avanzar en desarrollar las competencias, habilidades y destrezas de nuestra gente, para aportar a una transformación y crecimiento, que nos permita salir del discurso fácil y entrar en tierra derecha en materia de capital humano, productividad, innovación y desarrollo.

Lamentablemente, las aristas de competitividad, innovación y desarrollo se han visto reducidas a un par de empresas que dan su lucha casi solitaria en un ecosistema que sigue pegado al comprar barato y vender caro, o de confundir la mera actividad con la productividad en las diversas industrias, aplicando la lógica de comprar la mayor cantidad de dulces con el vuelto que les queda en el presupuesto, olvidando incorporar la lógica de sumar valor real a las organizaciones, sus personas y su entorno.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Obviamente cada uno tiene en sus manos la posibilidad y responsabilidad de potenciar sus conocimientos y habilidades aplicadas que agreguen valor a su desarrollo laboral, y también a los entornos en que realiza sus diversas acciones y tareas, pero las instituciones aún no han incorporado el concepto de ROI a la inversión de capacitación y perfeccionamiento, lo que claramente cambiaría el eje de las prioridades al momento de buscar programas que sumen un valor real y potencien los aspectos importantes para las personas y para la organización en su conjunto.

Salir de la mirada clásica de las coberturas, para pensar en el valor real, y montar los incentivos en la dirección correcta, es parte del desafío que enfrentan las organizaciones actuales, para alcanzar desarrollos sostenibles, agregando aquellos componentes valiosos que realmente harán la diferencia.

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